Qué difícil se volvió hacer nada.
No me refiero a esas tardes en las que no tenés planes pero aprovechás para ordenar un cajón, responder mensajes atrasados, adelantar trabajo y, de paso, organizar mentalmente los próximos seis meses de tu vida. Me refiero a hacer NADA. Así, en mayúsculas. Sin que de eso salga algo útil, productivo o mínimamente justificable. Sentarte en el sillón sin tener que aprovechar el tiempo. Mirar por la ventana sin convertirlo en una oportunidad para reflexionar sobre tu existencia. Tomarte un café sin responder correos entre sorbo y sorbo. Pasar una tarde entera haciendo algo porque te gusta, sin preguntarte si deberías estar haciendo otra cosa.
Parece fácil, pero a veces se siente casi imposible.
El mundo en que vivimos se convirtió en uno que nunca está quieto. Siempre hay algo nuevo para mirar, aprender, comprar, resolver o mejorar. Si terminaste una tarea, hay otras cinco esperando. Si tenés un rato libre, hay un podcast que podrías escuchar, un libro que podrías leer, un proyecto que podrías empezar. Y si no hay nada urgente, internet siempre va a encontrar la manera de ofrecerte algo que todavía no sabías que necesitabas.
Hasta el descanso parece haberse convertido en un proyecto. Ahora no alcanza con dormir: hay que optimizar el sueño. No alcanza con caminar: hay que llegar a diez mil pasos. No alcanza con comer: hay que hacerlo de la manera correcta. No alcanza con tener un hobby: también podrías monetizarlo, compartirlo o convertirlo en una habilidad nueva.
De a poco empezamos a medir hasta nuestros momentos de ocio con la misma vara con la que medimos el trabajo. ¿Valió la pena? ¿Aproveché el día? ¿Hice suficiente? Y lo loco es que muchas veces somos nosotras mismas las que nos ponemos esa presión, incluso cuando nadie nos está pidiendo nada.
Me pregunto cuándo empezamos a sentir que el tiempo solo vale si hacemos algo con él. Cuándo dejamos de ver los ratos vacíos como una parte natural de la vida y empezamos a tratarlos como espacios que hay que llenar. Quizás el problema no sea que tenemos demasiadas cosas para hacer, sino que nos acostumbramos tanto a estar ocupadas que el silencio empieza a incomodarnos. Cuando frenamos, aparecen pensamientos que veníamos postergando, emociones que no tuvimos tiempo de procesar o, simplemente, esa sensación extraña de no saber qué hacer con nosotras mismas cuando no hay una tarea que nos diga hacia dónde ir.
Entonces agarramos el celular. Abrimos una aplicación. Buscamos algo para mirar. Cualquier cosa que nos permita volver a sentir que estamos haciendo algo, aunque sea consumir contenido sin prestar demasiada atención.
Y no digo que esté mal mirar una serie, jugar un videojuego, pasar horas en Pinterest o perderse en un agujero negro de videos de gatitos. ¡Jamás estaría en contra de los videos de gatitos! Pero a veces me pregunto si realmente estamos descansando o si solamente estamos llenando el tiempo con algo que nos mantenga distraídas.
Porque hay una diferencia entre elegir hacer algo y sentir que tenemos que hacerlo. Entre disfrutar una actividad y necesitar que cada minuto tenga una función.
Quizás por eso me gusta tanto todo lo que sucede cuando trabajamos con las manos. Dibujar, recortar, pegar papeles, escribir en un cuaderno, bordar, hornear (full grandmacore). No porque esas actividades sean necesariamente más nobles que mirar una pantalla, sino porque pueden devolvernos otra relación con el tiempo. Una en la que no todo tiene que ser inmediato, en la que podemos equivocarnos, cambiar de idea y quedarnos un rato largo haciendo algo sin que importe demasiado el resultado.
No creo que tengamos que convertir el descanso en un nuevo objetivo que cumplir. Sería bastante irónico hacer una lista de tareas para aprender a no hacer tareas. Pero sí me gustaría que pudiéramos recuperar, aunque sea de a poquito, la posibilidad de estar en un momento sin sentir la obligación de sacarle provecho.
Esta es mi pequeña invitación para este mes: probá hacer algo que no te deje nada más que el placer de haberlo hecho. O no hagas absolutamente nada. Dejá un rato libre sin llenarlo de antemano. Permitite aburrirte. No conviertas cada pausa en una oportunidad para mejorar.
Y si en algún momento aparece esa vocecita que te pregunta si no deberías estar aprovechando mejor el tiempo, quizás puedas contestarle que sí, que justamente eso estás haciendo.
Estás viviendo.
Con cariño,
Miss Peperina ♡